viernes, 30 de noviembre de 2018

Aniversario cerrado de Miriam Ramoss: una cuenta abierta


 Aniversario cerrado de Miriam Ramos: una cuenta abierta

El año 63 del siglo pasado avanzaba con todo el esplendor de una carroza, apuntando a un futuro colmado de luces que nuestros ojos avizoraban con el perfil de una tierra no precisamente “prometida” sino presta a dejarse conquistar a mano limpia, a golpe de creatividad y ganas.

El año 63 nos trajo el privilegio de asistir a la llegada de la Canción de un festival, de César Portillo de la Luz, donde el amor --más allá de los contornos del corazón-- se alzaba, entre modulaciones y giros melódicos de aquellos que su autor siempre impulsó, rumbo a ese “volver a caminar las calles” y “volver a sentarme en los parques” demostrativos de una manera verdaderamente nueva de mirar, a la que –sin excepción-- sus contemporáneos no escapamos.

Como si no hubiera sido bastante la gloria de poder acercarnos en un mismo paseo a los sitios donde cantaban Doris de la Torre, Bobby Jiménez  u Oscar Martin; donde descargaban Ela O’Farrill al frente de su grupo insigne, Frank Domínguez con su piano, Frank Emilio en solitario o en quinteto, el año 63 nos traía a esa Elena Burke que, junto a su inseparable Froilán o su Enriqueta Almanza, entraba y salía de sitio en sitio, de pista en pista, de escenario en escenario, de provincia en provincia. Todos ellos vivían convencidos de que, un solo día que no salieran a cantarle a la gente, podía hacer que el mundo se balanceara de manera imprudente ocasionando un cataclismo.

El año 63 añadió colores antes impensados, desde su calendario al mío, la tarde que Elena me dijo: “ven, que tienes que conocer a Pablito Milanés” y me llevó, casi de la mano, al club Karachi donde sentí que, al escuchar al muchacho cantando por primera vez para mí, yo me volvía una criatura única, fuerte, poderosa, feliz. En algún punto de ese calendario está inscrito el día en que Miriam Ramos fue aceptada por Serafín Pro, director del Coro Polifónico Nacional, para figurar --la más joven--  entre sus cantores.

Con la misma firmeza con que formó fila entre muchos, con ese cantar escuchando al otro, ese reverenciar la presencia incuestionable de una mano maestra y dejarse llevar por ella; con ese mirar la música tratando de descubrir el sentido profundo que  nos acerca al creador que la animó; con ese formarse reconociendo la multiplicidad, la diversidad de expresiones y la presencia del estilo, la artista ha arribado a sus 55 años de entrega total a la música.

Atenta a los reclamos que su tiempo fue poniendo de tramo en tramo,  Miriam Ramos tomó las riendas, trazó el rumbo y ha venido dejando pintado su nombre por dondequiera para los bien-entendidos amantes de ese componente monumental del patrimonio cubano que es el cancionero.

Cincuenta y cinco años de andar por nuestra vida musical a su manera, convocan a la precisión, al largo alcance y --sobre todo-- al sano espíritu que sitúa en la línea de lo posible la pretensión de lanzar la mirada hacia un “atrás” que queda –sí señor—lejos pero no tanto como para que no podamos decidirnos a abordarlo con toda la lucidez con  que semejante camino a prueba de fuegos fatuos se abre ante nosotros, en favor de una conclusión ejemplarizante y, de veras, jubilosa.

Este aniversario cerrado  nos emplaza como beneficiarios de una cuenta abierta donde caben lo mismo la expresión justa que la palabra linda o la flor tímidamente dibujada con un letrero que dice: “para Miriam Ramos, singular y perpetua,  con gratitud y amor.”/


lunes, 29 de octubre de 2018

BERTHA MARTÍNEZ / COMO UN INMENSO ÁRBOL DE LA VIDA (II)

Año 57 o 58. Me había leído una novela de Carlo Coccioli que me había inquietado mucho. Algún periódico anunciaba una obra de teatro suya. No es que yo hubiera escuchado algo acerca del Grupo Prometeo o de Francisco Morín, su director, o conociera de nombre a alguno de los actores del elenco pero, siempre, sentarme a recibir la experiencia de una representación teatral era un placer inmenso, y me había puesto en camino, más bien seducida por el autor.

Últimamente no me gusta venir por el Paseo del Prado en la misma dirección en que se caminaba para llegar a aquella salita, es decir, como quien va para el malecón. Me siento fuera de época;  me duele no poder posar la vista como acostumbré hacerlo de por vida a partir de esa noche cuando, ya cerca, al pasar por el sitio donde había estado radicada la emisora RHC, Cadena Azul,  suspiré muy oronda, saboreando esa pequeña colección de recuerdos que apenas estaba comenzando a construir.

He sobrevivido para colocarme en el punto exacto en que se unen en el recuerdo el episodio que viviría esa noche en Prometeo, punto de partida de una larga y nutrida historia que por aquel entonces estaba por vivirse y que hoy se funde con él formando parte de un pasado indefenso en su inmenso peligro de hacerse polvo, como parodiando los versos de Jorge Manrique: "y pues vemos lo presente/ cómo en un punto s'es ido y acabado/ si juzgamos sabiamente/daremos lo non venido por pasado".

Por fin llegué, pagué mi entrada, me acomodé en un lugar a gusto, nunca demasiado cerca del proscenio, y me dispuse a ver la puesta en escena de Beatriz Cenci, de Carlo Coccioli, protagonizada por una actriz joven de nombre Bertha Martínez, a quien desconocía por completo. El lenguaje de las luces cautivó mi atención, al igual que el nivel de actuaciones. Quedé convencida de que, en lo adelante, el aviso de una obra bajo la dirección de Fancisco Morín  sería una señal promisoria para mí. La actuación del personaje Beatriz y las escenas con su padre (asumido por Florencio Escudero) rompieron muchos de los moldes que perfilaban las rutinas a que me había visto acostumbrada.

 En realidad, aquella joven actriz no era una desconocida. Era yo quien ignoraba que sus actuaciones bajo la dirección de  Morín le habían ganado un prestigio entre los asiduos al buen teatro que se hacía en Cuba en aquel momento. La crítica más exigente le había otorgado algunos premios.

El nombre tan sonoro del reconocido escritor italiano que me había convocado esa noche a caminar Prado abajo, pasaría --para mí-- a ser un pretexto, un escalón apenas, rumbo al capítulo memorable en la historia teatral cubana donde aflora Bertha Martínez como un inmenso Árbol de la Vida.




(Almendares, 28 de octubre de 2018)

sábado, 27 de octubre de 2018

BERTHA MARTÍNEZ /COMO UN INMENSO ÁRBOL DE LA VIDA (I)

De niña, en su nativo Yaguajay, le pusieron un resguardo y le dijeron que con eso estaría protegida y que nada le pasaría, y ella se envalentonó. En lugar de codiciar los juguetes que tenían las niñas de dinero, como a lo mejor era tan poca su comunicación con el mundo de la fantasía, lo que hizo al verse con el resguardo colgado al cuello o prendido a la batica con un alfiler de criandera, fue medir fuerzas: correr al árbol que más le gustaba, trepar hasta donde quiso y saltar con todas sus ganas. Ya en el suelo, toda adolorida, quién sabe qué conclusiones sacó  y puso en acción para el resto de su vida (ella llegaba, en su narración, solo hasta esta parte del cuento).
Crédula fue, confiada, cuando le dio la gana; arrestada, cada vez que una idea se le clavaba en el medio de la frente. Se acogía --a la hora de saltar, y en vista de que los huesos habían seguido sanos-- a la vieja sentencia de que la sangre no llegaría al río.
Hoy, 27 de octubre, pienso que todo comenzó en aquel árbol corpóreo cuyas hojas deben haber sido de un verdecito donde los reflejos del sol se convertían en un llamado y neutralizaban cualquier percepción de riesgo. Pienso que muchas peripecias de la vida de Bertha Martínez tvieron algo de ese episodio. Nadie sabe cómo aprendió tantas cosas, si apenas pudo ir al colegio. Ganas constantes de saber, obsesión por no dejar escapar ni uno solo de los conocimientos que  fue arrancando de aquí y de allá y, cuando estuvo preparada y supo lo que quería, se preparó en grande para ser grande, no de dimensión ni de tamaño: grande de grandeza, que para eso anuestro idioma le sobra generosidad y ella, a fuerza de tanto leer, lo dominaba a la perfección.
La maravilla puede nacer de una niña de Yaguajay cuando,al paso de los años, rasga, enarbola y suelta una tira, o acierta a gobernar el rumbo de un estremecedor hilillo de luz. Misterios de la vida que, para nuestra suerte y la suya propia, Bertha Martínez nunca acabó de descifrar y cuyo poder de fascinación decidió proyectar en el despliegue de cada historia, en la encarnación de cada personaje.
Este día, esta misma tarde según voy armando cada uno de estos párrafos, en medio de la pesadumbre y el extraño sabor que la noticia de su partida física deja en nosotros, he sentido aflorar a Bertha Martínez como un inmenso árbol de la vida.

(Almendares, 27 de octubre de 2018)