lunes, 19 de marzo de 2018

ELENA QUERIDA (diario de navegación)

Almendares, 19 de marzo de 2018

" La voz más grave del cuarteto "-me había dicho Renée y yo me puse a pensar, porque era tan fuerte el poder de ese conjunto donde se fundían la palabra y la música, que yo me abandonaba a la emoción, por ejemplo en Ya no me quieres, de María Grever, o Profecía, de Adolfo Guzmán, y aceptaba con la mayor naturalidad ese cambio de piel que lo hacía por momentos sonoridad de varias y sonoridad de una mientras era en el fraseo donde estaba amarrado el sentido profundo de esa correlación letra-música, que, definitivamente, mandaba. Dos virtudes principales veo en Aida: el haber gobernado desde el feeling, es decir desde el sentimiento que daba a la idea su más bello y expresivo sentido (cosa nada frecuente en muchos de los conjuntos vocales de nuestra historia musical) y el buen juicio de saber a cuál de las voces le asignaría cada línea en una secuencia armónica, en función del brillo y la expresividad. Esto me lo explicaba Meme Solís, que había estado muy cerca de Aida y asimilado sus recursos. Él me decía que la genialidad de Aida estaba en saber que no siempre el timbre más delgado debía asumir el fragmento melódico más agudo o las notas más altas de un acorde. No sé si me hago entender pero léanlo varias veces y escuchen con detenimiento los dos ejemplos mencionados, en las grabaciones del único disco que grabó ese primer formato de Las d'Aida.
   
    Entonces, sucede que se nos clava en el oído con la fuerza de un resplandor, el matiz de una voz que dice "si has encontrado una nueva ilusión", en un fragmento de Ya no me quieres donde la melodía principal se despliega en una misma nota mientras que las otras tres voces se mueven y reconocemos a esa "voz más grave del cuarteto" de la que Renée me hablaba y cuyo nombre todavía me era desconocido pero cuyo poder estaba ya inventariado en la lista de mis emociones.
   
    Una expresión genial del habla popular se refiere al "metal de voz"; me encantaría saber quién fue el genio que armó por primera vez ese sello aplicable a las aventuras del cantar, que no nos hemos cansado de traer a la conversación. No se trata de captar  un sonido metálico sino de dejarnos flechar por ese reflejo que nos trae generalmente una voz y que acentúa su sentido cuando se trata de un canto como el de Elena Burke (si bien, las cuatro de aquel cuarteto ostentan esa singularidad que ningún otro conjunto vocal que yo recuerde, logró afilar para su propio bien y para bien del grupo.

    Claro que, en un momento dado, conocí su nombre.

(Continuará.
)                                                                   AIDA DIESTRO


jueves, 8 de marzo de 2018

ELENA QUERIDA (diario de navegación)

"Ven para que conozcas a la voz grave del cuarteto"--me dijo Renée Barrios, mi primera intérprete, la primera transcriptora de mis canciones. Trabajaba por las tardes como ensayista del cuerpo de baile que, bajo la dirección del coreógrafo Alberto Alonso y teniendo como figura central a Sonia Calero, cubría el aspecto danzario en la pista del cabaret Sans Souci, en cuyos shows relucía el talento  cubano reuniendo en torno al Maestro Rafael Ortega una pequeña orquesta integrada por músicos de la casi siempre vacante Orquesta Filarmónica, todos de altísimo nivel. El elenco se completaba con un pequeño coro dirigido por Cuca Rivero. El floreciente centro de espectáculos, ubicado en La Lisa, abarcaba un área de cabaret y un Casino donde el Bingo, una especie de Lotería que se había puesto de moda, fascinaba a la clase pudiente en La Habana y había generado una prosperidad de tal magnitud que la gerencia podía sostener paralelamente, en diferentes momentos del horario nocturno, la mecánica del Casino y la del cabaret propiamente dicho. 

    De fondo al hervidero de los jugadores, el Casino sostenía un piano bar con un elenco que hoy puede parecer cosa de fantasía donde alternaban, en tandas sucesivas, el Cuarteto D'Aida, ya reconocido a través de sus frecuentes presentaciones en los espacios estelares de la televisión, y un elenco donde se juntaban Frank Domínguez en el piano, César Portillo de la Luz en la guitarra, Salvador Vivar en el bajo, Rolando Laserie en las pailas y Dandy Crawford, el único cantante cubano que se presentaba insertando el recurso vocal del scat, en la interpretación de los más gustados standards de la música norteamericana. Yo, totalmente novata en aquel tránsito entre diciembre de 1956, a un año escaso de haberme iniciado en la creación de canciones,  no acerté a fijar más detalles de la percusión. Mi maestra Cuca, en uno de cuyos coros participaba yo como aficionada, conocedora de mi predilección por el estilo de música que allí se ejecutaba y el esplendoroso desfile de figuras importantes del momento que protagonizaban los shows, consiguió el permiso para que mis padres  dejaran que yo --de su mano--trasnochara. Entrando por la puerta de los artistas, me las arreglé para habilitar un sitio permanente en un murito cercano a la entrada del elenco a la pista desde donde pude devorar las actuaciones de June Christy, Tony Bennet y Sarah Vaughan y, como cosa especial, la presentación de Edith Piaff. Una noche, ya finalizando enero de 1957, logré pasar inadvertida para entrar al piano bar (práctica que conseguiría repetir bastantes veces) luego del show de la gran Sarah,  y fue cuando sonó en mis oídos la frase inocente de Renée Barrios con que inicié el relato de este episodio: "Ven para que conozcas a la voz grave del Cuarteto"

No se me olvida.


viernes, 2 de marzo de 2018

ELENA QUERIDA (diario de navegación)



Almendares, 2 de marzo de 2018

No sé qué nombre se ha asignado a este pequeño formato de calendario que vine marcando mis días buenos, malos y regulares desde 1995, uno de los recuerdos que trajo de México Elena para mí. Aprecio mucho ese momento en que se detuvo ante uno de esos yacimientos de pequeños objetos hechos a mano, más con oficio que con arte o digamos que haciendo buen uso del arte de tener oficio. Ella clavaba estos alfileritos en el corazón. Día por día, al darle vuelta a cada trocito para fijar la fecha, algo dentro de mí siempre dijo: Elena querida

El año 28 del siglo XX tiene que haber sido duro en nuestra tierra, y más todavía los siguientes con las atrocidades de los últimos momentos del machadato, cuando la pequeña Elena comienza a tener lo que en mi infancia llamaban "uso de razón", a la edad de cinco años. Yo nací después y todavía durante mucho tiempo escuché a mis mayores rememorar los días y días de comer solo harina de maíz. Yo misma no me explicaba por qué hablaban tanto y tanto de lo mismo. A veces he pensado que ese amor perenne por todo tipo de muñecos, por regalarlos con tanto gusto y amor, siempre poniéndoles nombre, le venía a Elena de no haberlos tenido en la infancia; igual me fijaba siempre en el detalle de que todo lo hacía como si fuera a ponerse a jugar. La veía verdaderamente como una niña que coloca las cosas con cuidado y sonríe en cada nueva ocurrencia, cambiando todo de lugar para verlo de otra forma, ordenando y clasificando los aretes, los pañuelos, los collares, los cassetes siempre con tanto agrado. Configurando y deshaciendo su pequeño ambiente como si jugara a las casitas. Todo aquel que estuviera a su lado, se sentía convocado y, dulcemente, incluido.

A sus diez años quién sabe qué música escuchaba; son cosas que no se cuentan mucho cuando pasa el tiempo pero me pregunto cómo se habrá sentido aquella  diminuta portadora de una musicalidad total, investida de un poderío que quién sabe cómo se movía dentro de su alma a la hora de enfrentarse al sonido,  provocando  sensaciones que quizás nunca describió a los demás. Elena sabía callar, sabía hablar, reír y hacer reír.

Canciones como Inolvidable, de Julio Gutiérrez, La vieja luna, de Orlando de la Rosa o No te importe saber, de René Touzet, llegaban a la vida cuando la pequeña entrenaba su memoria aprendiendo las cuatro reglas y codiciando cualquier pedazo de papel para perfeccionar el trazo, a sus escasos diez añitos.Pueden ser imaginaciones mías. Estas y muchas más. A mí también me gusta jugar. .

 Debe haber sido una niña preciosa.